07 abril 2020

EL NAUFRAGO


                El crepúsculo de la tarde pintaba el cielo con colores mágicos. El sol iba penetrando poco a poco en el mar, en ese inmenso mar azulado que se extendía imperturbable hasta el horizonte. El viento suave de verano levantaba unas pequeñas olas que andaban titubeantes unos metros antes de morir en la orilla. Algunas otras iban a parar al cercano risco con rocas negras e inmensas que moría en una pendiente suave sobre el mar.

              Eriani se había parado como cada tarde a contemplar la partida multicolor del día. Sobre su balcón, frente al malecón de aquella playa, solía distraerse siguiendo la trayectoria final del día. Contemplaba con serena alegría el pausado andar de los viejos pescadores sobre la orilla, cargando sobre sus hombros la pesca de la tarde. Por momentos se distraía observando los danzantes vuelos de las aves que parecían despedirse del astro rey dando revoloteos sobre las aguas y cazando los últimos peces del día. El mundo de la orilla y del mar le llenaban el alma de una tranquilidad y una vitalidad sin igual. Disfrutaba cada minuto de aquel lugar que para ella era su alma y su vida.

            Había nacido allí, en esa pequeña caleta de pescadores, aislada de la civilización. Donde el verano nunca termina y las noches azules siempre brillan de luceros. Don Josuelo Marcosa, su padre había sido el gobernador del pueblo por tanto tiempo, y antes de él su padre, y antes de su padre su abuelo y así había sido por generaciones. La de Eriani era una familia que había vivido allí desde siglos, mucho tiempo antes de que los colonizadores extranjeros llegaran y trajeran consigo su nueva cultura. Los pobladores le tenían mucho respeto y aprecio a Don Josuelo y a su hija. Eriani era considerada una jovencita especial, casi como una princesa en medio de ese reino de botes viejos y chalanas.

                A ese pueblo casi abandonado por el tiempo llegaba una vez por semana el médico. Este era German Silverio, hombre de mediana edad que recorría esos lares desde hace mucho prestando sus servicios médicos a toda la región costera. No tenía un lugar fijo donde se le podía encontrar. Un día podía estar en un pueblo y al día siguiente se lo podía encontrar en otro. En la pequeña comunidad donde Eriani vivía, tenía una pequeña oficina donde la gente iba a hacerles las consultas de todo tipo, desde un uñero hasta un parto. Aunque el pueblo tenía sus propios curanderos y parteras que cumplían muy bien su labor, haciendo que la ausencia del galeno casi no se sintiera.

                En el último verano, cuando Eriani había cumplido diecisiete años su padre organizó una gran celebración en el local comunal. Mucha gente importante de todos los pueblos cercanos fue invitada, entre ellos estaba el doctor Silverio. Entre la gran parranda y muchedumbre que bailaba y comía en la fiesta, German Silverio no dejaba de mirar a Eriani. Había sido su médico desde que ella era muy pequeña, pero aquella vez su mirada era diferente. Un halo de deseo se podía distinguir en sus ojos. Eriani poseía una silueta delgada y bien contorneada, con un caminar alegre y felino que atraía más de una mirada. Entre sus labios y su mirada se conjugaban una sensualidad inigualable, con un cabello lacio y largo siempre alborotado dando una imagen de ángel salvaje. Ese día el doctor quedó prendado de la muchacha mientras la observaba bailar con esos movimientos acompasados, como aquel que tienen las olas en su recorrido cadencioso hacia la orilla.

No tardó mucho en buscar algún pretexto para visitarla. Siempre le llevaba regalos de algunos de los lugares que recorría. Le contaba historias fantásticas traídas de los diferentes pueblos, y de vez en cuando le enseñaba un poco de medicina. Él le decía que quizás con el tiempo ella podía ser su ayudante, pues era muy inteligente y aprendía bastante rápido. Su padre le permitía las visitas al médico y dejaba que salieran a pasear por el pequeño pueblo de vez en cuando. Pensaba que no había mejor pretendiente para su hija que un profesional como el doctor German. Así fue como el medico poco a poco conquistó a Eriani, y en una noche de luna llena luego de la procesión de San Pedro apóstol mientras todo estaban en la plaza del pueblo celebrando y bebiendo, el doctor se la llevó a escondidas hasta su pequeño consultorio y allí la hizo suya por primera vez. Para Eriani esa fue una experiencia extraña. Se sentía rara dejándose llevar por los impulsos de aquel hombre que se le iba encima y la exploraba totalmente. Ella podía sentir una mezcla de excitación y miedo recorriendo su piel. Era algo que disfrutaba y que a la vez repulsaba. Al final sólo trato de seguir sus instintos, entregando sus dudas y miedos a la oscuridad de ese pequeño cuarto.

                El doctor German Silverio volvió a desaparecer como siempre por unos días, antes de volver nuevamente al pueblo a sus labores habituales. Ella estaba muy emocionada cuando vio llegar desde su balcón el carruaje del médico y corrió presurosa a saludarlo. Llegó con el cabello alborotado y una sonrisa de niña traviesa a la puerta del consultorio. Allí estaba el medico detrás de su escritorio arreglando sus cosas, y poniendo en orden algunos papeles. Ella lo saludo, con esa sonrisa angelical que siempre poseía. Él levantó la mirada mientras seguía en su faena de poner todo en su sitio. Le dijo, Hola niña, ¿Cómo has estado estos días? No se notaba ninguna emoción en su rostro mientras hablaba. Apenas la miró un segundo para luego seguir en sus quehaceres. Ella sólo sonrió, y quiso entrar a darle un beso, pero ya los pacientes empezaban a llegar y nada más atinó a decirle, Te veo luego, y se fue sin esperar respuesta, aunque sabía que él la buscaría más tarde a orillas del mar.

                Eriani estuvo la tarde a orillas de la playa, conversó un rato con los viejos pescadores que la trataban como a una hija, y luego fue a recoger caracoles de entre las peñas con algunas de sus amigas del pueblo. Cuando ya era hora de que el consultorio debía cerrar ella se dirigió a buscar a German. Él estaba allí, esperándola. Eriani le pidió que la ayudara a recoger caracoles, pero este se negó con una sonrisa y le pidió que mejor se quedara con él un rato en el consultorio. El medico cerró la oficina, cubrió las ventanas con las viejas cortinas y empezó a besarla. Esa tarde volvieron a estar juntos, y lo mismo pasó por algunas semanas más. Él ya no salía a caminar con ella, ni le llevaba regalos, solo quería pasar la tarde acostado a su lado, haciendo el amor hasta llegada la hora en que tenía que volver a marcharse.

Un domingo en que los vientos del horizonte se habían alzado en apresurado vuelo, y las corrientes del mar parecían alborotadas, Eriani, que como siempre se encontraba observando la profundidad del mar, notó algo que flotaba entre las olas alborotadas cerca al peñasco negro de la playa. Teniendo la curiosidad corriéndole por las venas no pudo quedarse allí detenida mirando, así que cogió una pequeña red de su padre y se aventuró hacia las rocas. Ella conocía perfectamente ese peñasco, lo había subido y bajado desde que tenía uso de razón y aun con las olas golpeando sus lados, ella podía recorrerla sin problemas. Así fue como llegó hasta la punta rocosa que penetraba al mar. Allí pudo distinguir algo que ella primero confundió con un lobo marino, pero que luego mientras se acercaba más pudo percatarse que era un hombre desnudo, yaciendo inconsciente sobre una gran roca que era bañada por las agitadas olas. Al parecer había llegado allí en una pequeña balsa hecha de trozos de madera que habían terminado de desbaratarse cuando chocó con el risco.

Bajó cuidadosamente hasta él, mientras las aguas salpicaban con furia a su alrededor. Era un hombre grande y fuerte, aunque se notaba que era más joven de lo que ella pudo imaginarse. Eriani lo revisó, le tomó el pulso como el médico le había enseñado y le dio respiración boca a boca, o al menos eso intentó hacer pues solo había aprendido la técnica viendo unas figuras que German le había mostrado alguna vez. Pero su ayuda funcionó, y el hombre empezó a reaccionar. Ella se asustó cuando vio que él tenía los ojos abiertos mientras ella se iba a acercar otra vez a darle respiración por la boca. Él terminó de botar el líquido que había tragado, y ella luego lo ayudó a incorporarse. Caminando lentamente entre las rocas húmedas se lo llevó a su casa. Allí podría cuidarlo hasta que se recupere. El médico no llegaría hasta el viernes de la siguiente semana así que ella tendría que asistirlo con la ayuda de su padre, y quizás algún curandero del pueblo.

Esa noche el viejo Acadio llegó a la casa atendiendo el llamado por Don Josuelo. Él era uno de los curanderos más respetados del pueblo y podría ayudar al joven que había estado toda la tarde con fiebre y adolorido por los múltiples golpes recibidos en su travesía. Acadio llevó algunos brebajes hechos de hierbas, huesos de peces y moluscos raros, y se lo dio a tomar. Luego mandó a preparar una sopa de pescado con cabezas de torichas, los pequeños peces rojos que habitaban en las orillas, cerca de las rocas y que eran considerados medicinales y casi sagrados, pues se decía que curaban desde un catarro hasta la ceguera. Se lo dio de tomar bien caliente.

Un par de días después, muy temprano en la mañana el joven apareció sentado en la orilla de la playa. Había estado casi inconsciente todo ese tiempo, pero los brebajes y conjuros del viejo Acadio habían dado resultado. Allí, sobre la arena, jugaba con un caracol que había encontrado deambulando despreocupado. Tenía la punta de los pies apuntando hacia el mar, y los cuales sutilmente iban siendo acariciados por los remanentes de las olas que iban y venían en una cadencia suave trayendo pizcas de espumas en su corona. El cielo aún estaba un poco oscuro, pero a su espalda, por detrás de las colinas que rodeaban al pueblo, empezaban a salir los primeros rayos de la mañana tornando poco a poco el cielo gris-celeste en una bóveda inmensa llena de colores infinitos atravesados por tenues estelas de luz.

El canto matutino de las gaviotas sobre la arena despertó a Eriani. Una brisa suave y fresca venida del horizonte se caló por su balcón. Ella se levantó tranquilamente y caminó hasta la puerta abriéndolas de par en par, dejándola apreciar el panorama grandioso del mar azulado frente a ella. Cerca de las gaviotas que caminaban sobre la arena estaba el joven naufrago contemplando el horizonte sobre el océano Indigo. Ella lo miró por un segundo, vio su cuerpo fuerte brillar con el reflejo del día, sonrió suavemente. Un sentimiento de alegría y confort se notó en su rostro, y luego bajo hacia la playa a saludarlo.



05 agosto 2009

UNA MADERA EN LA ORILLA

La espuma blanca y espesa salpicaba sobre las rocas en donde Candem estaba sentado observando los pequeños moluscos que había recolectado sobre su pequeño manto rojo. En lo alto, sobre su cabeza, una gaviota revoloteaba esperando que quedara algún bocadillo para satisfacer su hambre matinal. El mar parecía bravo en esos días. El viento suave traía el sabor salado desde la profundidad del océano. Y allá, en el lejano horizonte, el azul del mar en movimiento se unía al celeste y casi despejado cielo de la mañana.
Candem se había levantado muy temprano, el rugir del mar lo había despertado. Arregló las pocas cosas que tenía y salió en busca de algo de comer. El mar le proveía lo necesario para sobrevivir, el mar era su fuente de vida en esos días. La precaria choza donde dormía le permitía cobijarse del frió de las noches y de la brisa fuerte de la madrugada. Había llegado allí después de escaparse de los piratas que lo habían tenido prisionero por muchos meses en el Cofre Sagrado, el galeón en el que estuvo atrapado, en donde su tarea de todos los días había sido limpiar las bodegas del viejo barco.
Una noche, después de un terrible enfrentamiento con la armada del Rey Perión, el Cofre Sagrado había varado en un puerto clandestino, en una isla de esas casi desconocidas en los mapas que escondía el Océano Índigo. El alboroto era grande allí dentro, muchos heridos iban siendo evacuados hacía el puerto, mientras los demás sobrevivientes trataban de arreglar los daños sufridos en su navío. Allí fue que Candem aprovechó en escapar. La noche también lo ayudó. Sus amarras le habían sido liberadas en un momento en que el Capitán Teosor lo necesitó para que ayudara a echar los cadáveres al mar. Después, él habiendo previamente robado alguna ropa a los difuntos, se escondió en un barril vacío de pólvora. Esa noche en el puerto, confundido entre los que subían y bajaban para ayudar a cargar a los heridos se escapó. Corrió por la orilla de la playa oculto bajo la complicidad de la noche sin luna, tomó un pequeño bote de los que estaban anclados por allí y se lanzó a la oscuridad del mar en búsqueda de su libertad.
Candem había soñado desde pequeño con ser marinero, con recorrer los mares en busca de aventuras y tierras lejanas. Le gustaba ser libre, andar sin ataduras, sin que nadie lo gobernara, ni le dijera lo que debía de hacer. Cuando era apenas un adolescente huyó de su casa. Su padre había sido un consejero importante en el pueblo donde vivía, tenía tierras y algunos negocios que lo hacían pertenecer a la clase más privilegiada de la región. Pero a Candem eso no le interesaba. Muchas veces se peleó con él por que no lo dejaba ir a visitar el puerto que estaba a pocos minutos de donde vivía. Pero igual él buscaba la manera de escaparse para ir conversar y escuchar las fascinantes historias del viejo Willbor, capitán del Aurora Celeste, un pequeño barco que comerciaba con las islas por donde la ley no existía y donde los piratas tenían sus guaridas. Su padre le decía que su deber era estar allí, es esas tierras que él había trabajado con tanto ahínco, en continuar lo que él con tanto esfuerzo había logrado, en trabajar a su lado para fortalecer los bienes familiares, para no tener nunca que pasar por las pobrezas que alguna vez hace mucho habían alcanzado a su familia. Pero Candem nunca lo escuchaba, lo oía, pero no lo escuchaba. Su mente navegaba sobre los sueños de algún día capitanear su propio barco y descubrir tierras lejanas.
Pero los sueños que había tratado de lograr todos esos años de fuga, con la firmeza de su corazón y la determinación de su razón, se le habían escapado muchas veces de las manos hasta llegar a donde estaba en ese momento. El bote en el que escapó de los piratas había naufragado cuando se encontró con una tormenta y terminó en ese pedazo de tierra olvidado en medio del océano. Allí estaba él, sintiéndose solo, hambriento, abandonado sin saber cuanto más podría soportar esa agonía diaria. Aunque aún tenía fortaleza de sobra, sus sueños le proveían de los nutrientes necesarios para no flaquear, él era así nunca se dejaba vencer a pesar de las circunstancias y luchaba cada día para sobrevivir. Tenía la certeza que su destino no era morir allí, si no que algo grande lo aguardaba en algún lugar del mundo al otro lado del Océano Índigo y con esa determinación continuaba sobreviviendo.
Aquella mañana tomó los moluscos entre sus manos y comió de ellos como un ave hambrienta, la pequeña gaviota ya no revoloteaba sobre su cabeza, se había parado a pocos metros de él esperando su compasión. Candem extendió la mano con lo poco que le quedaba y alimentó a su emplumado y ocasional compañero de isla.
Esa misma noche, cansado de la soledad en esa tierra perdida en medio del océano, se recostó, como lo hacía desde que llegó allí, sobre la arena, a las afueras de su improvisada choza. Tenía la cabeza apoyada sobre sus brazos fuertes y maltrechos aquellos que parecían como dos troncos de roble corroídos por el tiempo. Miraba y leía las estrellas tratando de descifrar su paradero, buscando la dirección correcta donde debía estar y aquella donde debía de partir una vez que el azar o el mar le proveyera algunos troncos que necesitaba para terminar de construir la pequeña balsa que había empezado y que se había quedado inconclusa esperando cerca de la orilla el día que debía de surcar las olas rumbo a un incierto destino.
La brisa de la noche le corroía la piel dura que llevaba como blindaje que fue formándose con las adversidades que le tocó vivir. Una Luna sonriente se mostraba detrás de una maraña rala de nubes cenicientas y le iluminaba con su pálido resplandor los ojos tristes que siempre cargaba. Sólo la melodía bravía de las olas que sonaba en descompasado acorde sobre las rocas le calmaban la naciente angustia, le calmaban los deseos de olvidar en ese momento que amaba el mar y que deseaba arrancarle alas a las arenas para echarse a volar.
Cuando ya la noche había avanzado tornando la bóveda celestial más oscura, y mientras Candem dejaba que el cansancio de la vida le cerrara los ojos con un suave vaivén, se escuchó un estruendo que alteró la música uniforme con que cantaba la noche. Candem abrió los ojos estrellando su mirada con una altiva y luminosa Cruz del Sur sobre él como un tatuaje pintado en la piel negra del firmamento. Casi sin darse cuenta se sentó observando la orilla de la playa, tratando de descubrir aquello que había interrumpido su sueño. Allá abajo, a pocos metros donde él se encontraba, una gran madera chocaba contra las rocas. Parecía estar pidiendo auxilio con sus gritos de trueno que producía. Candem se levantó sin apartar la vista de aquella señal de salvación. Corrió sobre la arena desnuda y pálida, caminó y bajó con cuidado por entre las peñas porosas y húmedas, e ingresó al mar mojándose hasta cintura. Tomó entre sus grandes brazos aquel pedazo de barco que se había quedado atrapado entre la roca y el mar, y soportando los embates de las olas del afiebrado océano, subió lentamente con ella.
La esperanza le fue iluminando lo profundidad de su alma, mientras una sonrisa de agradecimiento brotaba de entre sus labios convirtiéndose poco a poco en una gran carcajada que estremeció la pequeña isla. Volvió la mirada hacía la Cruz del Sur que lo vigilaba con su incesante centelleo y le dijo, Gracias. Y ese soplo de agradecimiento voló hasta el cielo despejando las pocas nubes que por allí rondaban hasta que sólo una bóveda negra con grandes y brillantes diademas quedó allá arriba sonriéndole al mundo, sonriéndole a Candem.

31 octubre 2008

EL NACIMIENTO

La luz caía entre las ranuras de las nubes, unos destellos radiantes se deslizaban como líneas incorpóreas desde lo alto dejando atrás los andantes seres amorfos hechos del blanco vapor arrancado de los mares. Marieta caminaba debajo del cielo, al lado de los árboles, sintiendo la necesidad de amar con todos los sentidos a aquel ser que aún no nacía, que aún andaba nadando entre el amor maternal y el líquido amniótico que inundaba su vientre redondo y abultado, su vientre que no podía ver, sólo sentir, sólo oír en sueños cada noche mientras iba creciendo un poco más, cada día un poco más. La luz solar reflejaba una sombra sin panza en el polvoriento camino, una sombra dibujada desde atrás, una sombra que ocultaba lo que ella no quería ocultar, una silueta que ella tampoco podía ver. La luz que inundaba el día no podía traspasar la barrera que hace algún tiempo se había levantado en sus ojos, una barrera que alejaba las figuras que el resto podía ver sin percatarse de lo maravilloso que significa ése milagro de la vista y que ella extrañaba y recordaba tan lejano, unas figuras que sólo podía ver en sus recuerdos, en sus sueños, figuras que cambiaban de color y se trasmutaban a una realidad que ella podía crear dentro de su mente, y ella creaba su realidad oculta tras aquella barrera que negaba la entrada de la luz. Un bastón viejo de madera salía de su mano derecha y era parte de su nueva vista, era ya parte de ella, era otro sentido más agregado, a la fuerza, a su cuerpo delgado con panza, a su cuerpo aún joven, a su cuerpo con sentidos incompletos pero que ella reemplazaba aquello que faltaba con dos cosas externas: su bastón largo y viejo, y su fiel perra Nasha. Los dolores propios de su condición gestante, propias de su proximidad de alumbramiento, los había empezado a sentir mientras estaba en el bosque contemplando la belleza de la naturaleza, contemplándola con los sentidos que aún no le estaban negados, y sentía la caricia del viento que le traía los olores de las flores, de la tierra húmeda, de las aves y hasta de los insectos, y corría tras esos olores encontrando aquel que le traía el perfume a fruta fresca, fruta que una vez hallada no dudaba en saborear.
El camino de regreso a casa se le hacia largo pues los dolores se acrecentaban a cada paso, y Nasha preocupada no sabía si acelerar o ir más despacio viendo el rostro de angustia de su compañera. Vamos Nasha, que el pequeño Lucas ya quiere salir, vamos, ya estamos cerca, y Nasha aceleraba el paso sólo un poquito más, y nuevamente volteaba a mirar a su compañera, y la frente de ella se arrugaba más debido al dolor ya casi insoportable. Ya no puedo más Nashita, ve a buscar ayuda, ve Nashita, yo te esperaré a orillas del camino, bajo un árbol, vamos llévame cerca de uno, allí te esperaré, vamos,…uf,…uf,…vamos, ve,…apura,…uf,…uf,…busca a Pascuali o a papá Gyordi, corre Nashita, corre, que Lucas no quiere esperar. Y bajo la sombra de un serbal frondoso y de muchas ramas, quedó Marieta Mondi, quejándose de los dolores. Dolores de parto que le arrancaban gemidos y gritos silenciosos, y hacia que arrancara desesperadamente la hierba de su costado, y volvía a coger más hierba y se prendía de ella como queriendo aferrarse para no ser llevada al mundo del dolor y las lagrimas. Lagrimas que ya habían empezado a brotar, lagrimas que refrescaban el rostro hirviente y colorado, el rostro que mostraba las expresivas arrugas del dolor de parto.
La aldea no estaba lejana y Nasha corrió y corrió, parecía que navegaba sobre el viento, su pelaje largo y dorado se alborotaba, y sus orejas grandes parecían que estaban siendo arrancadas poco a poco por el viento, y corría preocupada y corría desesperada pues había dejado a su compañera sola. Minutos después ladraba mientras pasaba por la entrada del pueblo, ladraba mientras atravesaba las callejuelas, y corría y su lengua colorada y húmeda ya caía sobre el costado de su hocico.

La tarde estaba cayendo y un llanto de bebe se oyó desde el bosque, las aves levantaron su vuelo ahuyentadas por el repentino ruido y luego muy curiosamente se acercaron en lento vuelo hacia el lugar donde una mujer tomaba entre sus brazos a un pequeño ser que salía debajo de su vestido. A unos metros de la milagrosa escena del alumbramiento, un perro y dos jinetes en su caballo se acercaban presurosos dejando una estela polvorienta en el camino. Lucas Mondi había nacido bajo la sombra del serbal, bajo las ramas y sobre las raíces de aquel árbol mágico, situación que muchos años después sin saberlo lo ayudaría a sortear muchos peligros. Peligros que en su primer día de vida ni imaginaba.

07 octubre 2008

LOS VOLUNTARIOS


       No sabemos de donde apareció esa bruja. Anoche se presentó en mi casa, muy tarde, y me dijo que habíamos caído en una maldición. Que el pueblo de Nangura y la tribu de los Hangey no podían soportar nuestra prosperidad, que nuestras cosechas y nuestros negocios les habían hecho perder sus dominios, y que nuestra felicidad y orden eran para ellos motivo de envidia. El anciano Aaroní estaba preocupado, contando los sucesos de la noche anterior, cuando alguien a su lado lo interrumpió.

    Pero si siempre nos hemos llevado bien con ellos. Nunca hemos tenido problemas con ningún pueblo. Es más, siempre los hemos apoyado cuando han necesitado, dijo Santi, otro anciano del lugar.

 Todos estaban de acuerdo con lo que decía, y lo comentaban angustiados entre ellos. Un gran murmullo se escuchó entre los asistentes a la reunión que tenía lugar en la pequeña plaza del pueblo de Felty. Una brisa fría traída de los inhóspitos glaciales que cubrían las montañas cercanas penetró por las calles haciendo un agudo silbido de queja y revoloteando las hojas secas que volaron sobre las cabezas.

Esa mañana muy temprano, cuando el alba apenas mostraba su rostro tímidamente, el sonar de la campana del viejo torreón de piedra había reunido a todos los hombres y mujeres. Todos salieron presurosos y preocupados, sabían que ése llamado sólo podía significar malas nuevas. El anciano Aaroní los convocaba de urgencia, y si pues, allí estaba contándoles con detalle lo que se le vendría al pueblo.

¾    Maestro Aaroní, ¿qué más le ha dicho esa bruja?

¾    Sólo me dijo eso. Que la maldición caería en nuestro pueblo. Que nunca más tendríamos buenas cosechas. Que nuestros compradores ya nos buscarían y que caeríamos en un periodo de pobreza y tristeza, ¡ah!, y que no nos acerquemos a sus pueblos porque nos matarían, ya que un contacto con ellos los contagiaría de la maldición. Luego, así como llegó, desapareció en la penumbra de la noche.

¾    Maestro, ¿¡qué vamos a hacer!?... ¿¡qué vamos a hacer!? - sollozo una mujer.

¾    Tranquila Camirita, tranquila. Hay una solución. Me quedé toda la noche metido en mi biblioteca, buscando alguna fórmula para salir de esta maldición. Y hallé algo, una solución, pero no es nada fácil ¾. El anciano puso su cara de tristeza y preocupación¾

Hay una piedra mágica, continuó hablando, la Piedra Kacor, que puede librarnos de esto, pero de esas piedras ya no existen en el mundo. O existen, pero es difícil encontrarlas, tendremos que enviar exploradores a diversas tierras para que la busquen.

 Un nuevo murmullo se oyó entre la gente, que se miraban unos a otros como diciendo ¿a quién enviamos ahora?

¾    Necesitamos cuatro jóvenes valerosos que estén dispuestos a salvar a su pueblo. Tendrán que ser jóvenes sin hijos y mujer que atender, y que estén dispuestos a viajar a lugares desconocidos. Les daremos algo de dinero y comida para algunos días, pero luego tendrán que valerse por sí mismos.¾ agregó muy seriamente.

Un gran silencio se apoderó de los presentes. Todos se miraban y miraban a los jóvenes tratando de encontrar alguna cara decidida. Uno que otro bajaba disimuladamente el rostro para no ser elegidos.

¾    ¡Yo voy!, dijo Joen, el joven carpintero, dando un paso al frente.

Muchos sonrieron y algunos le gritaron frases de aliento ¡bien Joen! ¡Gracias Joen!…

Joen era un joven muy trabajador y servicial, siempre dispuesto a ayudar a los demás, siempre con una sonrisa para todos. La gente lo quería mucho.

¾    ¡Yo voy!¾ dijo un gordito saliendo de entre la multitud.

Era Quinte, hijo de Santi. Santi era un buen agricultor y un respetado dirigente del pueblo. Quinte avanzó hacia el frente, al lado de los ancianos. Su padre lo miró asombrado y con cara de tristeza, quiso decirle algo, pero no pudo. Quería decirle, no hijo, no vayas es peligroso, pero no pudo. Suspiró un segundo y luego levantó la frente en señal de orgullo.

¾    ¡Yo también me apunto!¾ apresuró el paso Carlín Afris, un valiente joven pastor de ovejas. Aquel que alguna vez se había peleado con una jauría de lobos cuando estos quisieron atacar a su rebaño. Pelea del cual salió bien librado a pesar de los rasguños y mordidas con las que terminó.

Ya estaban tres jóvenes al lado de los ancianos del pueblo y todos los miraban con orgullo y esperanza. Pero aún faltaba uno, aún faltaba el último de los que iban a ser enviados a las tierras lejanas, a los cuatro puntos cardinales.

Lucas Mondi había llegado tarde a la reunión y no estaba muy enterado de lo que allí estaba sucediendo. Se hizo paso entre la gente y vio cuando Carlín Afris se ofrecía como voluntario. Preguntó bajito a una señora que estaba a su lado, que de qué se trataba eso, y ella le dijo que eran los muchachos a quienes enviarían de viaje. Viaje, pensó Lucas, a mí me gusta viajar.

¾    Necesitamos a un joven más. ¿Quién se ofrece de voluntario?

Lucas miró a todos lados, nadie se ofrecía. Volvió a mirar en sentido contrario y nada.

¾    ¡Yo!… ¡Yo!¾dijo Lucas levantando la mano eufóricamente.

El anciano Aaroní miró por sobre sus lentes a Lucas, recordó al muchacho, hijo de Pascuali Mondi. Recordó como le había malogrado su jardín la semana anterior. Él y su perro se habían metido por ahí a buscar un conejo que habían perseguido desde el bosque. Ese chico tan inquieto y travieso, y su perro tan igual a él, que siempre andaban haciendo de las suyas en el pueblo.

¾    Vamos Lucas, acércate, tú eres el último del grupo¾. le dijo el anciano mirándolo con extrañeza e incredulidad.

Lucas se acercó, jalando con él a su inseparable compañero Nicolás, su perro.

¾    Señores el grupo está completo, agradezcamos con aplausos a estos valientes jóvenes.

La multitud los colmó de aplausos y vivas y, ojalas les vaya bien, muchachos, y ustedes son nuestra esperanza, muchachos, y que vivan, y que vivan...