07 octubre 2008

LOS VOLUNTARIOS


       No sabemos de donde apareció esa bruja. Anoche se presentó en mi casa, muy tarde, y me dijo que habíamos caído en una maldición. Que el pueblo de Nangura y la tribu de los Hangey no podían soportar nuestra prosperidad, que nuestras cosechas y nuestros negocios les habían hecho perder sus dominios, y que nuestra felicidad y orden eran para ellos motivo de envidia. El anciano Aaroní estaba preocupado, contando los sucesos de la noche anterior, cuando alguien a su lado lo interrumpió.

    Pero si siempre nos hemos llevado bien con ellos. Nunca hemos tenido problemas con ningún pueblo. Es más, siempre los hemos apoyado cuando han necesitado, dijo Santi, otro anciano del lugar.

 Todos estaban de acuerdo con lo que decía, y lo comentaban angustiados entre ellos. Un gran murmullo se escuchó entre los asistentes a la reunión que tenía lugar en la pequeña plaza del pueblo de Felty. Una brisa fría traída de los inhóspitos glaciales que cubrían las montañas cercanas penetró por las calles haciendo un agudo silbido de queja y revoloteando las hojas secas que volaron sobre las cabezas.

Esa mañana muy temprano, cuando el alba apenas mostraba su rostro tímidamente, el sonar de la campana del viejo torreón de piedra había reunido a todos los hombres y mujeres. Todos salieron presurosos y preocupados, sabían que ése llamado sólo podía significar malas nuevas. El anciano Aaroní los convocaba de urgencia, y si pues, allí estaba contándoles con detalle lo que se le vendría al pueblo.

¾    Maestro Aaroní, ¿qué más le ha dicho esa bruja?

¾    Sólo me dijo eso. Que la maldición caería en nuestro pueblo. Que nunca más tendríamos buenas cosechas. Que nuestros compradores ya nos buscarían y que caeríamos en un periodo de pobreza y tristeza, ¡ah!, y que no nos acerquemos a sus pueblos porque nos matarían, ya que un contacto con ellos los contagiaría de la maldición. Luego, así como llegó, desapareció en la penumbra de la noche.

¾    Maestro, ¿¡qué vamos a hacer!?... ¿¡qué vamos a hacer!? - sollozo una mujer.

¾    Tranquila Camirita, tranquila. Hay una solución. Me quedé toda la noche metido en mi biblioteca, buscando alguna fórmula para salir de esta maldición. Y hallé algo, una solución, pero no es nada fácil ¾. El anciano puso su cara de tristeza y preocupación¾

Hay una piedra mágica, continuó hablando, la Piedra Kacor, que puede librarnos de esto, pero de esas piedras ya no existen en el mundo. O existen, pero es difícil encontrarlas, tendremos que enviar exploradores a diversas tierras para que la busquen.

 Un nuevo murmullo se oyó entre la gente, que se miraban unos a otros como diciendo ¿a quién enviamos ahora?

¾    Necesitamos cuatro jóvenes valerosos que estén dispuestos a salvar a su pueblo. Tendrán que ser jóvenes sin hijos y mujer que atender, y que estén dispuestos a viajar a lugares desconocidos. Les daremos algo de dinero y comida para algunos días, pero luego tendrán que valerse por sí mismos.¾ agregó muy seriamente.

Un gran silencio se apoderó de los presentes. Todos se miraban y miraban a los jóvenes tratando de encontrar alguna cara decidida. Uno que otro bajaba disimuladamente el rostro para no ser elegidos.

¾    ¡Yo voy!, dijo Joen, el joven carpintero, dando un paso al frente.

Muchos sonrieron y algunos le gritaron frases de aliento ¡bien Joen! ¡Gracias Joen!…

Joen era un joven muy trabajador y servicial, siempre dispuesto a ayudar a los demás, siempre con una sonrisa para todos. La gente lo quería mucho.

¾    ¡Yo voy!¾ dijo un gordito saliendo de entre la multitud.

Era Quinte, hijo de Santi. Santi era un buen agricultor y un respetado dirigente del pueblo. Quinte avanzó hacia el frente, al lado de los ancianos. Su padre lo miró asombrado y con cara de tristeza, quiso decirle algo, pero no pudo. Quería decirle, no hijo, no vayas es peligroso, pero no pudo. Suspiró un segundo y luego levantó la frente en señal de orgullo.

¾    ¡Yo también me apunto!¾ apresuró el paso Carlín Afris, un valiente joven pastor de ovejas. Aquel que alguna vez se había peleado con una jauría de lobos cuando estos quisieron atacar a su rebaño. Pelea del cual salió bien librado a pesar de los rasguños y mordidas con las que terminó.

Ya estaban tres jóvenes al lado de los ancianos del pueblo y todos los miraban con orgullo y esperanza. Pero aún faltaba uno, aún faltaba el último de los que iban a ser enviados a las tierras lejanas, a los cuatro puntos cardinales.

Lucas Mondi había llegado tarde a la reunión y no estaba muy enterado de lo que allí estaba sucediendo. Se hizo paso entre la gente y vio cuando Carlín Afris se ofrecía como voluntario. Preguntó bajito a una señora que estaba a su lado, que de qué se trataba eso, y ella le dijo que eran los muchachos a quienes enviarían de viaje. Viaje, pensó Lucas, a mí me gusta viajar.

¾    Necesitamos a un joven más. ¿Quién se ofrece de voluntario?

Lucas miró a todos lados, nadie se ofrecía. Volvió a mirar en sentido contrario y nada.

¾    ¡Yo!… ¡Yo!¾dijo Lucas levantando la mano eufóricamente.

El anciano Aaroní miró por sobre sus lentes a Lucas, recordó al muchacho, hijo de Pascuali Mondi. Recordó como le había malogrado su jardín la semana anterior. Él y su perro se habían metido por ahí a buscar un conejo que habían perseguido desde el bosque. Ese chico tan inquieto y travieso, y su perro tan igual a él, que siempre andaban haciendo de las suyas en el pueblo.

¾    Vamos Lucas, acércate, tú eres el último del grupo¾. le dijo el anciano mirándolo con extrañeza e incredulidad.

Lucas se acercó, jalando con él a su inseparable compañero Nicolás, su perro.

¾    Señores el grupo está completo, agradezcamos con aplausos a estos valientes jóvenes.

La multitud los colmó de aplausos y vivas y, ojalas les vaya bien, muchachos, y ustedes son nuestra esperanza, muchachos, y que vivan, y que vivan...

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