31 octubre 2008

EL NACIMIENTO

La luz caía entre las ranuras de las nubes, unos destellos radiantes se deslizaban como líneas incorpóreas desde lo alto dejando atrás los andantes seres amorfos hechos del blanco vapor arrancado de los mares. Marieta caminaba debajo del cielo, al lado de los árboles, sintiendo la necesidad de amar con todos los sentidos a aquel ser que aún no nacía, que aún andaba nadando entre el amor maternal y el líquido amniótico que inundaba su vientre redondo y abultado, su vientre que no podía ver, sólo sentir, sólo oír en sueños cada noche mientras iba creciendo un poco más, cada día un poco más. La luz solar reflejaba una sombra sin panza en el polvoriento camino, una sombra dibujada desde atrás, una sombra que ocultaba lo que ella no quería ocultar, una silueta que ella tampoco podía ver. La luz que inundaba el día no podía traspasar la barrera que hace algún tiempo se había levantado en sus ojos, una barrera que alejaba las figuras que el resto podía ver sin percatarse de lo maravilloso que significa ése milagro de la vista y que ella extrañaba y recordaba tan lejano, unas figuras que sólo podía ver en sus recuerdos, en sus sueños, figuras que cambiaban de color y se trasmutaban a una realidad que ella podía crear dentro de su mente, y ella creaba su realidad oculta tras aquella barrera que negaba la entrada de la luz. Un bastón viejo de madera salía de su mano derecha y era parte de su nueva vista, era ya parte de ella, era otro sentido más agregado, a la fuerza, a su cuerpo delgado con panza, a su cuerpo aún joven, a su cuerpo con sentidos incompletos pero que ella reemplazaba aquello que faltaba con dos cosas externas: su bastón largo y viejo, y su fiel perra Nasha. Los dolores propios de su condición gestante, propias de su proximidad de alumbramiento, los había empezado a sentir mientras estaba en el bosque contemplando la belleza de la naturaleza, contemplándola con los sentidos que aún no le estaban negados, y sentía la caricia del viento que le traía los olores de las flores, de la tierra húmeda, de las aves y hasta de los insectos, y corría tras esos olores encontrando aquel que le traía el perfume a fruta fresca, fruta que una vez hallada no dudaba en saborear.
El camino de regreso a casa se le hacia largo pues los dolores se acrecentaban a cada paso, y Nasha preocupada no sabía si acelerar o ir más despacio viendo el rostro de angustia de su compañera. Vamos Nasha, que el pequeño Lucas ya quiere salir, vamos, ya estamos cerca, y Nasha aceleraba el paso sólo un poquito más, y nuevamente volteaba a mirar a su compañera, y la frente de ella se arrugaba más debido al dolor ya casi insoportable. Ya no puedo más Nashita, ve a buscar ayuda, ve Nashita, yo te esperaré a orillas del camino, bajo un árbol, vamos llévame cerca de uno, allí te esperaré, vamos,…uf,…uf,…vamos, ve,…apura,…uf,…uf,…busca a Pascuali o a papá Gyordi, corre Nashita, corre, que Lucas no quiere esperar. Y bajo la sombra de un serbal frondoso y de muchas ramas, quedó Marieta Mondi, quejándose de los dolores. Dolores de parto que le arrancaban gemidos y gritos silenciosos, y hacia que arrancara desesperadamente la hierba de su costado, y volvía a coger más hierba y se prendía de ella como queriendo aferrarse para no ser llevada al mundo del dolor y las lagrimas. Lagrimas que ya habían empezado a brotar, lagrimas que refrescaban el rostro hirviente y colorado, el rostro que mostraba las expresivas arrugas del dolor de parto.
La aldea no estaba lejana y Nasha corrió y corrió, parecía que navegaba sobre el viento, su pelaje largo y dorado se alborotaba, y sus orejas grandes parecían que estaban siendo arrancadas poco a poco por el viento, y corría preocupada y corría desesperada pues había dejado a su compañera sola. Minutos después ladraba mientras pasaba por la entrada del pueblo, ladraba mientras atravesaba las callejuelas, y corría y su lengua colorada y húmeda ya caía sobre el costado de su hocico.

La tarde estaba cayendo y un llanto de bebe se oyó desde el bosque, las aves levantaron su vuelo ahuyentadas por el repentino ruido y luego muy curiosamente se acercaron en lento vuelo hacia el lugar donde una mujer tomaba entre sus brazos a un pequeño ser que salía debajo de su vestido. A unos metros de la milagrosa escena del alumbramiento, un perro y dos jinetes en su caballo se acercaban presurosos dejando una estela polvorienta en el camino. Lucas Mondi había nacido bajo la sombra del serbal, bajo las ramas y sobre las raíces de aquel árbol mágico, situación que muchos años después sin saberlo lo ayudaría a sortear muchos peligros. Peligros que en su primer día de vida ni imaginaba.

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