07 abril 2020

EL NAUFRAGO


                El crepúsculo de la tarde pintaba el cielo con colores mágicos. El sol iba penetrando poco a poco en el mar, en ese inmenso mar azulado que se extendía imperturbable hasta el horizonte. El viento suave de verano levantaba unas pequeñas olas que andaban titubeantes unos metros antes de morir en la orilla. Algunas otras iban a parar al cercano risco con rocas negras e inmensas que moría en una pendiente suave sobre el mar.

              Eriani se había parado como cada tarde a contemplar la partida multicolor del día. Sobre su balcón, frente al malecón de aquella playa, solía distraerse siguiendo la trayectoria final del día. Contemplaba con serena alegría el pausado andar de los viejos pescadores sobre la orilla, cargando sobre sus hombros la pesca de la tarde. Por momentos se distraía observando los danzantes vuelos de las aves que parecían despedirse del astro rey dando revoloteos sobre las aguas y cazando los últimos peces del día. El mundo de la orilla y del mar le llenaban el alma de una tranquilidad y una vitalidad sin igual. Disfrutaba cada minuto de aquel lugar que para ella era su alma y su vida.

            Había nacido allí, en esa pequeña caleta de pescadores, aislada de la civilización. Donde el verano nunca termina y las noches azules siempre brillan de luceros. Don Josuelo Marcosa, su padre había sido el gobernador del pueblo por tanto tiempo, y antes de él su padre, y antes de su padre su abuelo y así había sido por generaciones. La de Eriani era una familia que había vivido allí desde siglos, mucho tiempo antes de que los colonizadores extranjeros llegaran y trajeran consigo su nueva cultura. Los pobladores le tenían mucho respeto y aprecio a Don Josuelo y a su hija. Eriani era considerada una jovencita especial, casi como una princesa en medio de ese reino de botes viejos y chalanas.

                A ese pueblo casi abandonado por el tiempo llegaba una vez por semana el médico. Este era German Silverio, hombre de mediana edad que recorría esos lares desde hace mucho prestando sus servicios médicos a toda la región costera. No tenía un lugar fijo donde se le podía encontrar. Un día podía estar en un pueblo y al día siguiente se lo podía encontrar en otro. En la pequeña comunidad donde Eriani vivía, tenía una pequeña oficina donde la gente iba a hacerles las consultas de todo tipo, desde un uñero hasta un parto. Aunque el pueblo tenía sus propios curanderos y parteras que cumplían muy bien su labor, haciendo que la ausencia del galeno casi no se sintiera.

                En el último verano, cuando Eriani había cumplido diecisiete años su padre organizó una gran celebración en el local comunal. Mucha gente importante de todos los pueblos cercanos fue invitada, entre ellos estaba el doctor Silverio. Entre la gran parranda y muchedumbre que bailaba y comía en la fiesta, German Silverio no dejaba de mirar a Eriani. Había sido su médico desde que ella era muy pequeña, pero aquella vez su mirada era diferente. Un halo de deseo se podía distinguir en sus ojos. Eriani poseía una silueta delgada y bien contorneada, con un caminar alegre y felino que atraía más de una mirada. Entre sus labios y su mirada se conjugaban una sensualidad inigualable, con un cabello lacio y largo siempre alborotado dando una imagen de ángel salvaje. Ese día el doctor quedó prendado de la muchacha mientras la observaba bailar con esos movimientos acompasados, como aquel que tienen las olas en su recorrido cadencioso hacia la orilla.

No tardó mucho en buscar algún pretexto para visitarla. Siempre le llevaba regalos de algunos de los lugares que recorría. Le contaba historias fantásticas traídas de los diferentes pueblos, y de vez en cuando le enseñaba un poco de medicina. Él le decía que quizás con el tiempo ella podía ser su ayudante, pues era muy inteligente y aprendía bastante rápido. Su padre le permitía las visitas al médico y dejaba que salieran a pasear por el pequeño pueblo de vez en cuando. Pensaba que no había mejor pretendiente para su hija que un profesional como el doctor German. Así fue como el medico poco a poco conquistó a Eriani, y en una noche de luna llena luego de la procesión de San Pedro apóstol mientras todo estaban en la plaza del pueblo celebrando y bebiendo, el doctor se la llevó a escondidas hasta su pequeño consultorio y allí la hizo suya por primera vez. Para Eriani esa fue una experiencia extraña. Se sentía rara dejándose llevar por los impulsos de aquel hombre que se le iba encima y la exploraba totalmente. Ella podía sentir una mezcla de excitación y miedo recorriendo su piel. Era algo que disfrutaba y que a la vez repulsaba. Al final sólo trato de seguir sus instintos, entregando sus dudas y miedos a la oscuridad de ese pequeño cuarto.

                El doctor German Silverio volvió a desaparecer como siempre por unos días, antes de volver nuevamente al pueblo a sus labores habituales. Ella estaba muy emocionada cuando vio llegar desde su balcón el carruaje del médico y corrió presurosa a saludarlo. Llegó con el cabello alborotado y una sonrisa de niña traviesa a la puerta del consultorio. Allí estaba el medico detrás de su escritorio arreglando sus cosas, y poniendo en orden algunos papeles. Ella lo saludo, con esa sonrisa angelical que siempre poseía. Él levantó la mirada mientras seguía en su faena de poner todo en su sitio. Le dijo, Hola niña, ¿Cómo has estado estos días? No se notaba ninguna emoción en su rostro mientras hablaba. Apenas la miró un segundo para luego seguir en sus quehaceres. Ella sólo sonrió, y quiso entrar a darle un beso, pero ya los pacientes empezaban a llegar y nada más atinó a decirle, Te veo luego, y se fue sin esperar respuesta, aunque sabía que él la buscaría más tarde a orillas del mar.

                Eriani estuvo la tarde a orillas de la playa, conversó un rato con los viejos pescadores que la trataban como a una hija, y luego fue a recoger caracoles de entre las peñas con algunas de sus amigas del pueblo. Cuando ya era hora de que el consultorio debía cerrar ella se dirigió a buscar a German. Él estaba allí, esperándola. Eriani le pidió que la ayudara a recoger caracoles, pero este se negó con una sonrisa y le pidió que mejor se quedara con él un rato en el consultorio. El medico cerró la oficina, cubrió las ventanas con las viejas cortinas y empezó a besarla. Esa tarde volvieron a estar juntos, y lo mismo pasó por algunas semanas más. Él ya no salía a caminar con ella, ni le llevaba regalos, solo quería pasar la tarde acostado a su lado, haciendo el amor hasta llegada la hora en que tenía que volver a marcharse.

Un domingo en que los vientos del horizonte se habían alzado en apresurado vuelo, y las corrientes del mar parecían alborotadas, Eriani, que como siempre se encontraba observando la profundidad del mar, notó algo que flotaba entre las olas alborotadas cerca al peñasco negro de la playa. Teniendo la curiosidad corriéndole por las venas no pudo quedarse allí detenida mirando, así que cogió una pequeña red de su padre y se aventuró hacia las rocas. Ella conocía perfectamente ese peñasco, lo había subido y bajado desde que tenía uso de razón y aun con las olas golpeando sus lados, ella podía recorrerla sin problemas. Así fue como llegó hasta la punta rocosa que penetraba al mar. Allí pudo distinguir algo que ella primero confundió con un lobo marino, pero que luego mientras se acercaba más pudo percatarse que era un hombre desnudo, yaciendo inconsciente sobre una gran roca que era bañada por las agitadas olas. Al parecer había llegado allí en una pequeña balsa hecha de trozos de madera que habían terminado de desbaratarse cuando chocó con el risco.

Bajó cuidadosamente hasta él, mientras las aguas salpicaban con furia a su alrededor. Era un hombre grande y fuerte, aunque se notaba que era más joven de lo que ella pudo imaginarse. Eriani lo revisó, le tomó el pulso como el médico le había enseñado y le dio respiración boca a boca, o al menos eso intentó hacer pues solo había aprendido la técnica viendo unas figuras que German le había mostrado alguna vez. Pero su ayuda funcionó, y el hombre empezó a reaccionar. Ella se asustó cuando vio que él tenía los ojos abiertos mientras ella se iba a acercar otra vez a darle respiración por la boca. Él terminó de botar el líquido que había tragado, y ella luego lo ayudó a incorporarse. Caminando lentamente entre las rocas húmedas se lo llevó a su casa. Allí podría cuidarlo hasta que se recupere. El médico no llegaría hasta el viernes de la siguiente semana así que ella tendría que asistirlo con la ayuda de su padre, y quizás algún curandero del pueblo.

Esa noche el viejo Acadio llegó a la casa atendiendo el llamado por Don Josuelo. Él era uno de los curanderos más respetados del pueblo y podría ayudar al joven que había estado toda la tarde con fiebre y adolorido por los múltiples golpes recibidos en su travesía. Acadio llevó algunos brebajes hechos de hierbas, huesos de peces y moluscos raros, y se lo dio a tomar. Luego mandó a preparar una sopa de pescado con cabezas de torichas, los pequeños peces rojos que habitaban en las orillas, cerca de las rocas y que eran considerados medicinales y casi sagrados, pues se decía que curaban desde un catarro hasta la ceguera. Se lo dio de tomar bien caliente.

Un par de días después, muy temprano en la mañana el joven apareció sentado en la orilla de la playa. Había estado casi inconsciente todo ese tiempo, pero los brebajes y conjuros del viejo Acadio habían dado resultado. Allí, sobre la arena, jugaba con un caracol que había encontrado deambulando despreocupado. Tenía la punta de los pies apuntando hacia el mar, y los cuales sutilmente iban siendo acariciados por los remanentes de las olas que iban y venían en una cadencia suave trayendo pizcas de espumas en su corona. El cielo aún estaba un poco oscuro, pero a su espalda, por detrás de las colinas que rodeaban al pueblo, empezaban a salir los primeros rayos de la mañana tornando poco a poco el cielo gris-celeste en una bóveda inmensa llena de colores infinitos atravesados por tenues estelas de luz.

El canto matutino de las gaviotas sobre la arena despertó a Eriani. Una brisa suave y fresca venida del horizonte se caló por su balcón. Ella se levantó tranquilamente y caminó hasta la puerta abriéndolas de par en par, dejándola apreciar el panorama grandioso del mar azulado frente a ella. Cerca de las gaviotas que caminaban sobre la arena estaba el joven naufrago contemplando el horizonte sobre el océano Indigo. Ella lo miró por un segundo, vio su cuerpo fuerte brillar con el reflejo del día, sonrió suavemente. Un sentimiento de alegría y confort se notó en su rostro, y luego bajo hacia la playa a saludarlo.



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