La luz caía entre las ranuras de las nubes, unos destellos radiantes se deslizaban como líneas incorpóreas desde lo alto dejando atrás los andantes seres amorfos hechos del blanco vapor arrancado de los mares. Marieta caminaba debajo del cielo, al lado de los árboles, sintiendo la necesidad de amar con todos los sentidos a aquel ser que aún no nacía, que aún andaba nadando entre el amor maternal y el líquido amniótico que inundaba su vientre redondo y abultado, su vientre que no podía ver, sólo sentir, sólo oír en sueños cada noche mientras iba creciendo un poco más, cada día un poco más. La luz solar reflejaba una sombra sin panza en el polvoriento camino, una sombra dibujada desde atrás, una sombra que ocultaba lo que ella no quería ocultar, una silueta que ella tampoco podía ver. La luz que inundaba el día no podía traspasar la barrera que hace algún tiempo se había levantado en sus ojos, una barrera que alejaba las figuras que el resto podía ver sin percatarse de lo maravilloso que significa ése milagro de la vista y que ella extrañaba y recordaba tan lejano, unas figuras que sólo podía ver en sus recuerdos, en sus sueños, figuras que cambiaban de color y se trasmutaban a una realidad que ella podía crear dentro de su mente, y ella creaba su realidad oculta tras aquella barrera que negaba la entrada de la luz. Un bastón viejo de madera salía de su mano derecha y era parte de su nueva vista, era ya parte de ella, era otro sentido más agregado, a la fuerza, a su cuerpo delgado con panza, a su cuerpo aún joven, a su cuerpo con sentidos incompletos pero que ella reemplazaba aquello que faltaba con dos cosas externas: su bastón largo y viejo, y su fiel perra Nasha. Los dolores propios de su condición gestante, propias de su proximidad de alumbramiento, los había empezado a sentir mientras estaba en el bosque contemplando la belleza de la naturaleza, contemplándola con los sentidos que aún no le estaban negados, y sentía la caricia del viento que le traía los olores de las flores, de la tierra húmeda, de las aves y hasta de los insectos, y corría tras esos olores encontrando aquel que le traía el perfume a fruta fresca, fruta que una vez hallada no dudaba en saborear.
El camino de regreso a casa se le hacia largo pues los dolores se acrecentaban a cada paso, y Nasha preocupada no sabía si acelerar o ir más despacio viendo el rostro de angustia de su compañera. Vamos Nasha, que el pequeño Lucas ya quiere salir, vamos, ya estamos cerca, y Nasha aceleraba el paso sólo un poquito más, y nuevamente volteaba a mirar a su compañera, y la frente de ella se arrugaba más debido al dolor ya casi insoportable. Ya no puedo más Nashita, ve a buscar ayuda, ve Nashita, yo te esperaré a orillas del camino, bajo un árbol, vamos llévame cerca de uno, allí te esperaré, vamos,…uf,…uf,…vamos, ve,…apura,…uf,…uf,…busca a Pascuali o a papá Gyordi, corre Nashita, corre, que Lucas no quiere esperar. Y bajo la sombra de un serbal frondoso y de muchas ramas, quedó Marieta Mondi, quejándose de los dolores. Dolores de parto que le arrancaban gemidos y gritos silenciosos, y hacia que arrancara desesperadamente la hierba de su costado, y volvía a coger más hierba y se prendía de ella como queriendo aferrarse para no ser llevada al mundo del dolor y las lagrimas. Lagrimas que ya habían empezado a brotar, lagrimas que refrescaban el rostro hirviente y colorado, el rostro que mostraba las expresivas arrugas del dolor de parto.
La aldea no estaba lejana y Nasha corrió y corrió, parecía que navegaba sobre el viento, su pelaje largo y dorado se alborotaba, y sus orejas grandes parecían que estaban siendo arrancadas poco a poco por el viento, y corría preocupada y corría desesperada pues había dejado a su compañera sola. Minutos después ladraba mientras pasaba por la entrada del pueblo, ladraba mientras atravesaba las callejuelas, y corría y su lengua colorada y húmeda ya caía sobre el costado de su hocico.
La tarde estaba cayendo y un llanto de bebe se oyó desde el bosque, las aves levantaron su vuelo ahuyentadas por el repentino ruido y luego muy curiosamente se acercaron en lento vuelo hacia el lugar donde una mujer tomaba entre sus brazos a un pequeño ser que salía debajo de su vestido. A unos metros de la milagrosa escena del alumbramiento, un perro y dos jinetes en su caballo se acercaban presurosos dejando una estela polvorienta en el camino. Lucas Mondi había nacido bajo la sombra del serbal, bajo las ramas y sobre las raíces de aquel árbol mágico, situación que muchos años después sin saberlo lo ayudaría a sortear muchos peligros. Peligros que en su primer día de vida ni imaginaba.
Sumas de historias que contaran las travesías de un niño en busqueda de la salvación de su pueblo y que en el camino encontrará el verdadero sentido de su vida.
31 octubre 2008
07 octubre 2008
LOS VOLUNTARIOS
No sabemos de donde apareció esa bruja. Anoche se presentó en mi casa,
muy tarde, y me dijo que habíamos caído en una maldición. Que el pueblo de
Nangura y la tribu de los Hangey no podían soportar nuestra prosperidad, que
nuestras cosechas y nuestros negocios les habían hecho perder sus dominios, y
que nuestra felicidad y orden eran para ellos motivo de envidia. El anciano Aaroní estaba
preocupado, contando los sucesos de la noche anterior, cuando alguien a su lado
lo interrumpió.
Pero si siempre nos hemos llevado bien con ellos. Nunca hemos tenido
problemas con ningún pueblo. Es más, siempre los hemos apoyado cuando han
necesitado, dijo Santi, otro
anciano del lugar.
Todos estaban de acuerdo
con lo que decía, y lo comentaban angustiados entre ellos. Un gran murmullo se
escuchó entre los asistentes a la reunión que tenía lugar en la pequeña plaza
del pueblo de Felty. Una brisa fría traída de los inhóspitos glaciales que cubrían
las montañas cercanas penetró por las calles haciendo un agudo silbido de queja
y revoloteando las hojas secas que volaron sobre las cabezas.
Esa mañana muy
temprano, cuando el alba apenas mostraba su rostro tímidamente, el sonar de la
campana del viejo torreón de piedra había reunido a todos los hombres y
mujeres. Todos salieron presurosos y preocupados, sabían que ése llamado sólo
podía significar malas nuevas. El anciano Aaroní los convocaba de urgencia, y
si pues, allí estaba contándoles con detalle lo que se le vendría al pueblo.
¾
Maestro Aaroní, ¿qué más le ha dicho esa bruja?
¾
Sólo me dijo eso. Que la maldición caería en nuestro pueblo. Que nunca
más tendríamos buenas cosechas. Que nuestros compradores ya nos buscarían y que
caeríamos en un periodo de pobreza y tristeza, ¡ah!, y que no nos acerquemos a
sus pueblos porque nos matarían, ya que un contacto con ellos los contagiaría
de la maldición. Luego, así como llegó, desapareció en la penumbra de la noche.
¾
Maestro, ¿¡qué vamos a hacer!?... ¿¡qué vamos a hacer!? - sollozo una
mujer.
¾
Tranquila Camirita, tranquila. Hay una solución. Me quedé toda la noche
metido en mi biblioteca, buscando alguna fórmula para salir de esta maldición.
Y hallé algo, una solución, pero no es nada fácil ¾. El anciano puso su cara de tristeza y preocupación¾
Hay una piedra mágica, continuó
hablando, la Piedra Kacor, que puede librarnos de esto, pero de esas piedras ya
no existen en el mundo. O existen, pero es difícil encontrarlas, tendremos que
enviar exploradores a diversas tierras para que la busquen.
Un nuevo murmullo se
oyó entre la gente, que se miraban unos a otros como diciendo ¿a quién enviamos
ahora?
¾
Necesitamos cuatro jóvenes valerosos que estén dispuestos a salvar a su
pueblo. Tendrán que ser jóvenes sin hijos y mujer que atender, y que estén
dispuestos a viajar a lugares desconocidos. Les daremos algo de dinero y comida
para algunos días, pero luego tendrán que valerse por sí mismos.¾ agregó muy seriamente.
Un gran silencio se
apoderó de los presentes. Todos se miraban y miraban a los jóvenes tratando de
encontrar alguna cara decidida. Uno que otro bajaba disimuladamente el rostro
para no ser elegidos.
¾
¡Yo voy!, dijo Joen, el joven carpintero, dando un paso al frente.
Muchos sonrieron y
algunos le gritaron frases de aliento ¡bien Joen! ¡Gracias Joen!…
Joen era un joven muy
trabajador y servicial, siempre dispuesto a ayudar a los demás, siempre con una
sonrisa para todos. La gente lo quería mucho.
¾
¡Yo voy!¾ dijo un gordito
saliendo de entre la multitud.
Era Quinte, hijo de Santi.
Santi era un buen agricultor y un respetado dirigente del pueblo. Quinte avanzó
hacia el frente, al lado de los ancianos. Su padre lo miró asombrado y con cara
de tristeza, quiso decirle algo, pero no pudo. Quería decirle, no hijo, no
vayas es peligroso, pero no pudo. Suspiró un segundo y luego levantó la frente
en señal de orgullo.
¾
¡Yo también me apunto!¾ apresuró el paso
Carlín Afris, un valiente joven pastor de ovejas. Aquel que alguna vez se había
peleado con una jauría de lobos cuando estos quisieron atacar a su rebaño.
Pelea del cual salió bien librado a pesar de los rasguños y mordidas con las
que terminó.
Ya estaban tres jóvenes
al lado de los ancianos del pueblo y todos los miraban con orgullo y esperanza.
Pero aún faltaba uno, aún faltaba el último de los que iban a ser enviados a
las tierras lejanas, a los cuatro puntos cardinales.
Lucas Mondi había
llegado tarde a la reunión y no estaba muy enterado de lo que allí estaba
sucediendo. Se hizo paso entre la gente y vio cuando Carlín Afris se ofrecía
como voluntario. Preguntó bajito a una señora que estaba a su lado, que de qué
se trataba eso, y ella le dijo que eran los muchachos a quienes enviarían de
viaje. Viaje, pensó Lucas, a mí me gusta viajar.
¾
Necesitamos a un joven más. ¿Quién se ofrece de voluntario?
Lucas miró a todos
lados, nadie se ofrecía. Volvió a mirar en sentido contrario y nada.
¾
¡Yo!… ¡Yo!¾dijo Lucas levantando
la mano eufóricamente.
El anciano Aaroní miró
por sobre sus lentes a Lucas, recordó al muchacho, hijo de Pascuali Mondi. Recordó
como le había malogrado su jardín la semana anterior. Él y su perro se habían
metido por ahí a buscar un conejo que habían perseguido desde el bosque. Ese
chico tan inquieto y travieso, y su perro tan igual a él, que siempre andaban
haciendo de las suyas en el pueblo.
¾
Vamos Lucas, acércate, tú eres el último del grupo¾. le dijo el anciano mirándolo con
extrañeza e incredulidad.
Lucas se acercó,
jalando con él a su inseparable compañero Nicolás, su perro.
¾
Señores el grupo está completo, agradezcamos con aplausos a estos valientes
jóvenes.
La multitud los colmó
de aplausos y vivas y, ojalas les vaya bien, muchachos, y ustedes son nuestra
esperanza, muchachos, y que vivan, y que vivan...
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