El crepúsculo de la tarde
pintaba el cielo con colores mágicos. El sol iba penetrando poco a poco en el
mar, en ese inmenso mar azulado que se extendía imperturbable hasta el
horizonte. El viento suave de verano levantaba unas pequeñas olas que andaban
titubeantes unos metros antes de morir en la orilla. Algunas otras iban a parar
al cercano risco con rocas negras e inmensas que moría en una pendiente suave
sobre el mar.
Eriani se había parado como cada
tarde a contemplar la partida multicolor del día. Sobre su balcón, frente al
malecón de aquella playa, solía distraerse siguiendo la trayectoria final del
día. Contemplaba con serena alegría el pausado andar de los viejos pescadores
sobre la orilla, cargando sobre sus hombros la pesca de la tarde. Por momentos
se distraía observando los danzantes vuelos de las aves que parecían despedirse
del astro rey dando revoloteos sobre las aguas y cazando los últimos peces del
día. El mundo de la orilla y del mar le llenaban el alma de una tranquilidad y
una vitalidad sin igual. Disfrutaba cada minuto de aquel lugar que para ella
era su alma y su vida.
Había nacido allí, en esa pequeña
caleta de pescadores, aislada de la civilización. Donde el verano nunca termina
y las noches azules siempre brillan de luceros. Don Josuelo Marcosa, su padre
había sido el gobernador del pueblo por tanto tiempo, y antes de él su padre, y
antes de su padre su abuelo y así había sido por generaciones. La de Eriani era
una familia que había vivido allí desde siglos, mucho tiempo antes de que los
colonizadores extranjeros llegaran y trajeran consigo su nueva cultura. Los
pobladores le tenían mucho respeto y aprecio a Don Josuelo y a su hija. Eriani
era considerada una jovencita especial, casi como una princesa en medio de ese
reino de botes viejos y chalanas.
A ese pueblo casi abandonado
por el tiempo llegaba una vez por semana el médico. Este era German Silverio,
hombre de mediana edad que recorría esos lares desde hace mucho prestando sus
servicios médicos a toda la región costera. No tenía un lugar fijo donde se le
podía encontrar. Un día podía estar en un pueblo y al día siguiente se lo podía
encontrar en otro. En la pequeña comunidad donde Eriani vivía, tenía una
pequeña oficina donde la gente iba a hacerles las consultas de todo tipo, desde
un uñero hasta un parto. Aunque el pueblo tenía sus propios curanderos y
parteras que cumplían muy bien su labor, haciendo que la ausencia del galeno
casi no se sintiera.
En el último verano, cuando
Eriani había cumplido diecisiete años su padre organizó una gran celebración en
el local comunal. Mucha gente importante de todos los pueblos cercanos fue
invitada, entre ellos estaba el doctor Silverio. Entre la gran parranda y
muchedumbre que bailaba y comía en la fiesta, German Silverio no dejaba de
mirar a Eriani. Había sido su médico desde que ella era muy pequeña, pero
aquella vez su mirada era diferente. Un halo de deseo se podía distinguir en
sus ojos. Eriani poseía una silueta delgada y bien contorneada, con un caminar
alegre y felino que atraía más de una mirada. Entre sus labios y su mirada se
conjugaban una sensualidad inigualable, con un cabello lacio y largo siempre
alborotado dando una imagen de ángel salvaje. Ese día el doctor quedó prendado
de la muchacha mientras la observaba bailar con esos movimientos acompasados,
como aquel que tienen las olas en su recorrido cadencioso hacia la orilla.
No tardó mucho en buscar algún pretexto para
visitarla. Siempre le llevaba regalos de algunos de los lugares que recorría.
Le contaba historias fantásticas traídas de los diferentes pueblos, y de vez en
cuando le enseñaba un poco de medicina. Él le decía que quizás con el tiempo
ella podía ser su ayudante, pues era muy inteligente y aprendía bastante
rápido. Su padre le permitía las visitas al médico y dejaba que salieran a
pasear por el pequeño pueblo de vez en cuando. Pensaba que no había mejor
pretendiente para su hija que un profesional como el doctor German. Así fue
como el medico poco a poco conquistó a Eriani, y en una noche de luna llena
luego de la procesión de San Pedro apóstol mientras todo estaban en la plaza
del pueblo celebrando y bebiendo, el doctor se la llevó a escondidas hasta su
pequeño consultorio y allí la hizo suya por primera vez. Para Eriani esa fue
una experiencia extraña. Se sentía rara dejándose llevar por los impulsos de
aquel hombre que se le iba encima y la exploraba totalmente. Ella podía sentir
una mezcla de excitación y miedo recorriendo su piel. Era algo que disfrutaba y
que a la vez repulsaba. Al final sólo trato de seguir sus instintos, entregando
sus dudas y miedos a la oscuridad de ese pequeño cuarto.
El doctor German Silverio
volvió a desaparecer como siempre por unos días, antes de volver nuevamente al
pueblo a sus labores habituales. Ella estaba muy emocionada cuando vio llegar
desde su balcón el carruaje del médico y corrió presurosa a saludarlo. Llegó
con el cabello alborotado y una sonrisa de niña traviesa a la puerta del
consultorio. Allí estaba el medico detrás de su escritorio arreglando sus
cosas, y poniendo en orden algunos papeles. Ella lo saludo, con esa sonrisa
angelical que siempre poseía. Él levantó la mirada mientras seguía en su faena
de poner todo en su sitio. Le dijo, Hola niña, ¿Cómo has estado estos días? No
se notaba ninguna emoción en su rostro mientras hablaba. Apenas la miró un
segundo para luego seguir en sus quehaceres. Ella sólo sonrió, y quiso entrar a
darle un beso, pero ya los pacientes empezaban a llegar y nada más atinó a
decirle, Te veo luego, y se fue sin esperar respuesta, aunque sabía que él la
buscaría más tarde a orillas del mar.
Eriani estuvo la tarde a
orillas de la playa, conversó un rato con los viejos pescadores que la trataban
como a una hija, y luego fue a recoger caracoles de entre las peñas con algunas
de sus amigas del pueblo. Cuando ya era hora de que el consultorio debía cerrar
ella se dirigió a buscar a German. Él estaba allí, esperándola. Eriani le pidió
que la ayudara a recoger caracoles, pero este se negó con una sonrisa y le
pidió que mejor se quedara con él un rato en el consultorio. El medico cerró la
oficina, cubrió las ventanas con las viejas cortinas y empezó a besarla. Esa
tarde volvieron a estar juntos, y lo mismo pasó por algunas semanas más. Él ya
no salía a caminar con ella, ni le llevaba regalos, solo quería pasar la tarde
acostado a su lado, haciendo el amor hasta llegada la hora en que tenía que
volver a marcharse.
Un domingo en que los vientos del horizonte se habían alzado en
apresurado vuelo, y las corrientes del mar parecían alborotadas, Eriani, que
como siempre se encontraba observando la profundidad del mar, notó algo que
flotaba entre las olas alborotadas cerca al peñasco negro de la playa. Teniendo
la curiosidad corriéndole por las venas no pudo quedarse allí detenida mirando,
así que cogió una pequeña red de su padre y se aventuró hacia las rocas. Ella
conocía perfectamente ese peñasco, lo había subido y bajado desde que tenía uso
de razón y aun con las olas golpeando sus lados, ella podía recorrerla sin
problemas. Así fue como llegó hasta la punta rocosa que penetraba al mar. Allí
pudo distinguir algo que ella primero confundió con un lobo marino, pero que
luego mientras se acercaba más pudo percatarse que era un hombre desnudo,
yaciendo inconsciente sobre una gran roca que era bañada por las agitadas olas.
Al parecer había llegado allí en una pequeña balsa hecha de trozos de madera
que habían terminado de desbaratarse cuando chocó con el risco.
Bajó cuidadosamente hasta él, mientras las aguas salpicaban con furia a
su alrededor. Era un hombre grande y fuerte, aunque se notaba que era más joven
de lo que ella pudo imaginarse. Eriani lo revisó, le tomó el pulso como el
médico le había enseñado y le dio respiración boca a boca, o al menos eso
intentó hacer pues solo había aprendido la técnica viendo unas figuras que
German le había mostrado alguna vez. Pero su ayuda funcionó, y el hombre empezó
a reaccionar. Ella se asustó cuando vio que él tenía los ojos abiertos mientras
ella se iba a acercar otra vez a darle respiración por la boca. Él terminó de
botar el líquido que había tragado, y ella luego lo ayudó a incorporarse. Caminando
lentamente entre las rocas húmedas se lo llevó a su casa. Allí podría cuidarlo
hasta que se recupere. El médico no llegaría hasta el viernes de la siguiente
semana así que ella tendría que asistirlo con la ayuda de su padre, y quizás
algún curandero del pueblo.
Esa noche el viejo Acadio llegó a la casa atendiendo el llamado por Don
Josuelo. Él era uno de los curanderos más respetados del pueblo y podría ayudar
al joven que había estado toda la tarde con fiebre y adolorido por los
múltiples golpes recibidos en su travesía. Acadio llevó algunos brebajes hechos
de hierbas, huesos de peces y moluscos raros, y se lo dio a tomar. Luego mandó
a preparar una sopa de pescado con cabezas de torichas, los pequeños peces
rojos que habitaban en las orillas, cerca de las rocas y que eran considerados
medicinales y casi sagrados, pues se decía que curaban desde un catarro hasta
la ceguera. Se lo dio de tomar bien caliente.
Un par de días después, muy temprano en la mañana el joven apareció
sentado en la orilla de la playa. Había estado casi inconsciente todo ese
tiempo, pero los brebajes y conjuros del viejo Acadio habían dado resultado.
Allí, sobre la arena, jugaba con un caracol que había encontrado deambulando
despreocupado. Tenía la punta de los pies apuntando hacia el mar, y los cuales
sutilmente iban siendo acariciados por los remanentes de las olas que iban y
venían en una cadencia suave trayendo pizcas de espumas en su corona. El cielo
aún estaba un poco oscuro, pero a su espalda, por detrás de las colinas que
rodeaban al pueblo, empezaban a salir los primeros rayos de la mañana tornando
poco a poco el cielo gris-celeste en una bóveda inmensa llena de colores
infinitos atravesados por tenues estelas de luz.
El canto matutino de las gaviotas sobre la arena despertó a Eriani. Una
brisa suave y fresca venida del horizonte se caló por su balcón. Ella se
levantó tranquilamente y caminó hasta la puerta abriéndolas de par en par,
dejándola apreciar el panorama grandioso del mar azulado frente a ella. Cerca
de las gaviotas que caminaban sobre la arena estaba el joven naufrago
contemplando el horizonte sobre el océano Indigo. Ella lo miró por un segundo,
vio su cuerpo fuerte brillar con el reflejo del día, sonrió suavemente. Un
sentimiento de alegría y confort se notó en su rostro, y luego bajo hacia la
playa a saludarlo.