05 agosto 2009

UNA MADERA EN LA ORILLA

La espuma blanca y espesa salpicaba sobre las rocas en donde Candem estaba sentado observando los pequeños moluscos que había recolectado sobre su pequeño manto rojo. En lo alto, sobre su cabeza, una gaviota revoloteaba esperando que quedara algún bocadillo para satisfacer su hambre matinal. El mar parecía bravo en esos días. El viento suave traía el sabor salado desde la profundidad del océano. Y allá, en el lejano horizonte, el azul del mar en movimiento se unía al celeste y casi despejado cielo de la mañana.
Candem se había levantado muy temprano, el rugir del mar lo había despertado. Arregló las pocas cosas que tenía y salió en busca de algo de comer. El mar le proveía lo necesario para sobrevivir, el mar era su fuente de vida en esos días. La precaria choza donde dormía le permitía cobijarse del frió de las noches y de la brisa fuerte de la madrugada. Había llegado allí después de escaparse de los piratas que lo habían tenido prisionero por muchos meses en el Cofre Sagrado, el galeón en el que estuvo atrapado, en donde su tarea de todos los días había sido limpiar las bodegas del viejo barco.
Una noche, después de un terrible enfrentamiento con la armada del Rey Perión, el Cofre Sagrado había varado en un puerto clandestino, en una isla de esas casi desconocidas en los mapas que escondía el Océano Índigo. El alboroto era grande allí dentro, muchos heridos iban siendo evacuados hacía el puerto, mientras los demás sobrevivientes trataban de arreglar los daños sufridos en su navío. Allí fue que Candem aprovechó en escapar. La noche también lo ayudó. Sus amarras le habían sido liberadas en un momento en que el Capitán Teosor lo necesitó para que ayudara a echar los cadáveres al mar. Después, él habiendo previamente robado alguna ropa a los difuntos, se escondió en un barril vacío de pólvora. Esa noche en el puerto, confundido entre los que subían y bajaban para ayudar a cargar a los heridos se escapó. Corrió por la orilla de la playa oculto bajo la complicidad de la noche sin luna, tomó un pequeño bote de los que estaban anclados por allí y se lanzó a la oscuridad del mar en búsqueda de su libertad.
Candem había soñado desde pequeño con ser marinero, con recorrer los mares en busca de aventuras y tierras lejanas. Le gustaba ser libre, andar sin ataduras, sin que nadie lo gobernara, ni le dijera lo que debía de hacer. Cuando era apenas un adolescente huyó de su casa. Su padre había sido un consejero importante en el pueblo donde vivía, tenía tierras y algunos negocios que lo hacían pertenecer a la clase más privilegiada de la región. Pero a Candem eso no le interesaba. Muchas veces se peleó con él por que no lo dejaba ir a visitar el puerto que estaba a pocos minutos de donde vivía. Pero igual él buscaba la manera de escaparse para ir conversar y escuchar las fascinantes historias del viejo Willbor, capitán del Aurora Celeste, un pequeño barco que comerciaba con las islas por donde la ley no existía y donde los piratas tenían sus guaridas. Su padre le decía que su deber era estar allí, es esas tierras que él había trabajado con tanto ahínco, en continuar lo que él con tanto esfuerzo había logrado, en trabajar a su lado para fortalecer los bienes familiares, para no tener nunca que pasar por las pobrezas que alguna vez hace mucho habían alcanzado a su familia. Pero Candem nunca lo escuchaba, lo oía, pero no lo escuchaba. Su mente navegaba sobre los sueños de algún día capitanear su propio barco y descubrir tierras lejanas.
Pero los sueños que había tratado de lograr todos esos años de fuga, con la firmeza de su corazón y la determinación de su razón, se le habían escapado muchas veces de las manos hasta llegar a donde estaba en ese momento. El bote en el que escapó de los piratas había naufragado cuando se encontró con una tormenta y terminó en ese pedazo de tierra olvidado en medio del océano. Allí estaba él, sintiéndose solo, hambriento, abandonado sin saber cuanto más podría soportar esa agonía diaria. Aunque aún tenía fortaleza de sobra, sus sueños le proveían de los nutrientes necesarios para no flaquear, él era así nunca se dejaba vencer a pesar de las circunstancias y luchaba cada día para sobrevivir. Tenía la certeza que su destino no era morir allí, si no que algo grande lo aguardaba en algún lugar del mundo al otro lado del Océano Índigo y con esa determinación continuaba sobreviviendo.
Aquella mañana tomó los moluscos entre sus manos y comió de ellos como un ave hambrienta, la pequeña gaviota ya no revoloteaba sobre su cabeza, se había parado a pocos metros de él esperando su compasión. Candem extendió la mano con lo poco que le quedaba y alimentó a su emplumado y ocasional compañero de isla.
Esa misma noche, cansado de la soledad en esa tierra perdida en medio del océano, se recostó, como lo hacía desde que llegó allí, sobre la arena, a las afueras de su improvisada choza. Tenía la cabeza apoyada sobre sus brazos fuertes y maltrechos aquellos que parecían como dos troncos de roble corroídos por el tiempo. Miraba y leía las estrellas tratando de descifrar su paradero, buscando la dirección correcta donde debía estar y aquella donde debía de partir una vez que el azar o el mar le proveyera algunos troncos que necesitaba para terminar de construir la pequeña balsa que había empezado y que se había quedado inconclusa esperando cerca de la orilla el día que debía de surcar las olas rumbo a un incierto destino.
La brisa de la noche le corroía la piel dura que llevaba como blindaje que fue formándose con las adversidades que le tocó vivir. Una Luna sonriente se mostraba detrás de una maraña rala de nubes cenicientas y le iluminaba con su pálido resplandor los ojos tristes que siempre cargaba. Sólo la melodía bravía de las olas que sonaba en descompasado acorde sobre las rocas le calmaban la naciente angustia, le calmaban los deseos de olvidar en ese momento que amaba el mar y que deseaba arrancarle alas a las arenas para echarse a volar.
Cuando ya la noche había avanzado tornando la bóveda celestial más oscura, y mientras Candem dejaba que el cansancio de la vida le cerrara los ojos con un suave vaivén, se escuchó un estruendo que alteró la música uniforme con que cantaba la noche. Candem abrió los ojos estrellando su mirada con una altiva y luminosa Cruz del Sur sobre él como un tatuaje pintado en la piel negra del firmamento. Casi sin darse cuenta se sentó observando la orilla de la playa, tratando de descubrir aquello que había interrumpido su sueño. Allá abajo, a pocos metros donde él se encontraba, una gran madera chocaba contra las rocas. Parecía estar pidiendo auxilio con sus gritos de trueno que producía. Candem se levantó sin apartar la vista de aquella señal de salvación. Corrió sobre la arena desnuda y pálida, caminó y bajó con cuidado por entre las peñas porosas y húmedas, e ingresó al mar mojándose hasta cintura. Tomó entre sus grandes brazos aquel pedazo de barco que se había quedado atrapado entre la roca y el mar, y soportando los embates de las olas del afiebrado océano, subió lentamente con ella.
La esperanza le fue iluminando lo profundidad de su alma, mientras una sonrisa de agradecimiento brotaba de entre sus labios convirtiéndose poco a poco en una gran carcajada que estremeció la pequeña isla. Volvió la mirada hacía la Cruz del Sur que lo vigilaba con su incesante centelleo y le dijo, Gracias. Y ese soplo de agradecimiento voló hasta el cielo despejando las pocas nubes que por allí rondaban hasta que sólo una bóveda negra con grandes y brillantes diademas quedó allá arriba sonriéndole al mundo, sonriéndole a Candem.